Sus hojas tiernas, ricas en vitaminas C, se pueden comer crudas, en ensaladas, o cocidas, como si fuesen verduras, ya sea en sopas, tortillas, sofritos, etc., siendo muy estimadas en algunas regiones de España, especialmente en Aragón.
Sus frutos se empleaban antiguamente como especias.
También es una especie melífera, muy apreciada por los apicultores, pues es una de las plantas que más atraen a las abejas.
A esta planta se le atribuyen numerosas propiedades medicinales, de modo que la infusión de sus hojas y flores secas se emplea internamente para estimular el organismo, provocar la secreción de orina, rebajar la inflamación de las vías urinarias, calmar los nervios, aliviar la tos y la ronquera, y ayudar a curar catarros, gripes y pulmonías.
Externamente es buena para sanar erupciones e inflamaciones de la piel, por su alto contenido en niacina o ácido nicótico. Y el aceite extraído de los frutos se emplea para controlar la tensión arterial y el exceso de colesterol.
Antiguamente se decía que el agua de borraja era estimulante del corazón.

La historia de su cultivo se remonta a la antigua Grecia y Roma, donde era apreciada por sus propiedades medicinales y su valor nutricional. El botánico Teofrasto ya la citaba en su obra, y los antiguos griegos y romanos la consideraban una planta valiosa para preparaciones culinarias y medicinales por sus propiedades sudoríficas, diuréticas y emolientes. El naturalista Plinio destacaba las propiedades energéticas de la borraja, que se reflejaban en el proverbio griego que decía: "Yo, la borraja, doy siempre coraje", aludiendo a este efecto euforizante.
En la cultura popular española existe la expresión "acabó en agua de borrajas", para expresar la circunstancia en que algo que parecía de mucha importancia terminó sin tener ninguna trascendencia.

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