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Vegetación rupícola
Características
    El paisaje canario posee una orografía muy diversa, en la que juega un papel destacado el componente vertical, con la presencia de numerosos cantiles, acantilados, escarpes y paredones de fuerte pendiente, con la superficie muy fracturada y agrietada, en los que se asienta un tipo especial de vegetación denominada rupícola o fisurícola. La abundancia de cuencas erosivas en todas las vertientes y a diferentes altitudes, así como la diversidad microclimática del Archipiélago, permite una diversidad florística muy alta de este tipo de vegetación, a pesar de la dificultad de colonización que presentan los espacios con tendencia a la verticalidad. Además, en estos ambientes suelen desarrollarse plantas que, sin ser propias del mismo, encontraron en otras épocas un buen refugio frente a la presión ejercida por el ganado. Los condicionantes ecológicos, especialmente los factores de humedad y temperatura, favorecen que las comunidades rupícolas adquieran una mayor presencia en las zonas orientadas al norte y noreste. Muchas especies se hallan relegadas a pequeñas áreas, mientras que otras se distribuyen por extensas superficies de todas las Islas.
    De las muchas comunidades rupícolas existentes en todo el Archipiélago, destacan, por su abundancia y amplia distribución, las crasuláceas de las familias Aeonium, Monanthes, Greenovia y Aichryson, seguidas de numerosos endemismos de los géneros Sonchus, Silene, Sideritis y Micromeria.
    Entre las numerosas especies que se podrían citar como especialmente adaptadas a los hábitats rupícolas de Canarias están los bejeques o verodes (Aeonium canariense, Aeonium sedifolium, Aeonium decorum, Aeonium ciliatum, Aeonium valverdense, Aeonium nobile, Aeonium tabulaeforme, Aeonium cuneatum, Aeonium lindleyi, Aeonium haworthii...), las pelotillas (Monanthes laxiflora, Monanthes pallens, Monanthes polyphylla, Monanthes minima, Monanthes anagensis...), las beas (Greenovia aurea, Greenovia diplocycla, Greenovia dodrentalis...), las melosas (Aichryson laxum, Aichyson tortuosum, Aichryson parlatorei, Aichryson punctatum...), las cerrajas (Sonchus hierrensis, Sonchus radicatus, Sonchus tectifolius, Sonchus brachylobus...), las conejeras (Silene canariensis, Silene lagunensis...), las chahorras (Sideritis nutans, Sideritis gomerae...), el romero marino (Camphylanthus salsoloides), las lechuguillas (Reichardia ligulata, Reichardia famarae...), la amargosa (Vieraea laevigata), la malva de risco (Lavatera acerifolia), la salvia de Anaga (Salvia broussonetii), el cardo de risco (Carlina canariensis), las siemprevivas (Limonium preauxii, Limonium puberulum, Limonium perezii...), la palomera (Pericallis lanata), la mamita (Allagopappus dichotomus), el tomillo salvaje (Micromeria helianthemifolia), los cardoncillos (Ceropegia dichotoma, Ceropegia fusca), las coles de risco (Crambe laevigata, Crambe arborea..), y un larguísimo etc.
    Entre los helechos rupícolas, se puede destacar la presencia casi constante del helecho de Navidad (Polypodium macaronesicum), y la cochinita (Davallia canariensis).
    Entre los líquenes que recubren numerosas paredes y columnas basálticas destaca la presencia de varias especies del género Rocella, especialmente Rocella canariensis y Rocella fuciformes: las famosas orchillas, de las que se extrae un colorante que tiñe de color púrpura, y cuya recolección y exportación a Europa fue una importante fuente de riqueza para las Islas durante varios siglos, desde los primeros viajes a Canarias en tiempos de los fenicios y griegos (que bautizaron a las islas de Lanzarote y Fuerteventura como las Purpurarias, por la gran cantidad de estos líquenes que obtenían en ellas), hasta el s. XIX, cuando el descubrimiento de los colorantes sintéticos acabó para siempre con esta industria.