Flora de las Islas Canarias

Introducción
    Pese a su reducida extensión (7.447 Km2), el archipiélago canario posee una sorprendente diversidad ecológica, consecuencia de la conjunción de unas especiales condiciones ambientales.
    Las altas temperaturas que le corresponden por su proximidad al trópico y al desierto del Sahara quedan suavizadas por la influencia oceánica y por la proximidad de la corriente fría de Canarias. Por añadidura, la gran elevación de las Islas conlleva una notable variación térmica altitudinal. El clima está condicionado también por los vientos, destacando por su elevada constancia los alisios del noreste, cuya humedad se condensa en las zonas de medianías del norte y noreste de las Islas más altas, formando extensos bancos de nieblas denominados habitualmente como "mar de nubes". Estos se sitúan entre los 600-1.800 m aproximadamente, coincidiendo su límite superior con la circulación de los vientos de altura, más secos y cálidos, que impiden generalmente el ascenso de las nubes. La irrupción esporádica de perturbaciones atmosféricas provenientes de áreas polares o ecuatoriales modifica temporalmente el esquema descrito, dando paso a calimas (masas de polvo en suspensión provenientes del desierto del Sahara) o a precipitaciones torrenciales, que en las cumbres pueden originar nevadas.
Además, la accidentada orografía insular modifica localmente las condiciones generales dando lugar a una rica variedad de microclimas. Por otro lado, los diferentes materiales volcánicos, bajo la acción combinada de los agentes climáticos, dan lugar a una gran diversidad de suelos.
    La conjunción de todos estos factores determina la existencia de hábitats muy variados que albergan numerosas comunidades de plantas y animales que, al interrelacionarse, constituyen los singulares ecosistemas de Canarias, esbozados por primera vez por el famosos científico alemán Alexander von Humboldt durante su visita a la isla de Tenerife en 1799 y que, en la actualidad, quedan definidos por los siguientes tipos de vegetación: cardonal-tabaibal, bosques termófilos, laurisilva, fayal-brezal, pinar y retamar-codesar. Sintéticamente, sus características bioclimáticas son las siguientes:
    Cardonal-tabaibal. Comunidad de arbustos y matorrales xerófilos y semixerófilos, con un alto índice de endemismos. Temperatura media anual de 20º C. Precipitación anual de 100-350 mm. Alto grado de insolación. Se encuentra entre los 0-700 m de altura, según la orientación de las diferentes vertientes.
    Bosques termófilos. Bosques semiabiertos de especies termófilas de origen mediterráneo o norteafricano, con un alto índice de endemismos; actualmente muy degradados por la acción antrópica. Temperatura media anual de 16º C. Precipitación anual de 350-600 mm. Alto grado de insolación. Se encuentra entre los 200-500 m de altura, fundamentalmente en vertientes orientadas al norte y noreste.
    Laurisilva. Bosques húmedos y cálidos, bañados casi permanentemente por las nieblas, y considerados como auténticos relictos de los bosques mediterráneos del Terciario. Muy densos, con presencia de muchas especies arbóreas de tipo lauráceo y sotobosque de arbustos, herbáceas y helechos; alto índice de endemismos. Temperatura media anual de 14º C. Precipitación anual de 800 y 1.400 mm, distribuidas muy regularmente a lo largo del año. Bajo grado de insolación. Se encuentra únicamente en la vertiente norte, en altitudes comprendidas entre los 400-1.200 m de altura.
Fayal-brezal. Bosque parecido a la laurisilva pero adaptado a zonas más frías, xerófilas y expuestas al viento. Más pobre en especies arbóreas y con sotobosque muy escaso. También reemplaza a la laurisilva degradada. Moderado grado de insolación. Se encuentra en altitudes comprendidas entre los 400-1.700 m de altura. Temperatura media anual de unos 17-18º C.
    Pinar. Bosques densos y extensos de pino canario, con un sotobosque muy empobrecido. Temperatura media anual de 14º C. Precipitación anual de 300-1.000 mm. Alto o muy alto grado de insolación.
    Retamar-codesar. Matorrales de montaña a partir de los 2.000 de altitud, con una gran proporción de especies endémicas. Alto o muy alto grado de insolación. Precipitación anual 350 y 450 mm anuales, casi en su totalidad en otoño e invierno.


Vegetación costera
    Las comunidades halófilas en las Islas Canarias forman un estrecho cinturón costero sobre el nivel del mar y están condicionadas por la presencia de una gran cantidad de salinidad en el ambiente, procedente del efecto de la maresía. Climatológicamente, esta franja se caracteriza por la escasez de precipitaciones (100-300 mm anuales), temperatura media muy alta y alto grado de insolación durante todo el año.
Bajo estas condiciones, muchas plantas han tenido que desarrollar diferentes mecanismos de adaptación al medio que aseguren su supervivencia. Los más notables son la suculencia (engrosamiento de los tallos), la pilosidad (revestimiento velloso de hojas y tallos de coloración blanquecino-grisácea), la ausencia o rápida caducidad de las hojas, y la presencia de glándulas de la sal para expulsar el exceso de la misma.

    Estas formaciones presentan distintos aspectos y composición según sea el tipo de sustrato que las sustentan: acantilado, pedregoso o arenoso.
    Acantilados. Gran parte de las costas de Canarias se caracterizan por la presencia de acantilados de mayor o menor altura. Generalmente son terrenos poco aptos para el establecimiento de la vegetación halófila, que suele quedar relegada a las superficies menos inclinadas, más asentadas geológicamente y más cercanas al mar. Entre las especies más frecuentes que se pueden encontrar en estas áreas están la uva de mar (Zygophyllum fontanesii), las siemprevivas de mar (Limonium imbricatum, Limoniun pectinatum...), la lechuga de mar (Astydamia latifolia), el brezo de mar (Frankeia ericifolia), la tabaibilla (Euphorbia aphylla), el perejil de mar (Crithmum maritimum), el espino de mar (Lycium intricatum), el salado (Schizogyne sericea), etc. Esporádicamente, se encuentran algunos ejemplares del helecho marino (Asplenium marinum), aunque no se trata de una especie exclusiva de este hábitat.
    Costas pedregosas. Las costas pedregosas, con arena superficial transportada desde el mar por las corrientes y los vientos constantes, son muy importantes ya que en ellas se encuentran especies y comunidades emparentadas con las que pueblan las costas del cercano continente africano. Este tipo de litoral se encuentra mejor representado en Lanzarote, Fuerteventura y en la vertiente oriental de Gran Canaria. Entre las especies más comunes y típicas que podemos encontrar aquí se hallan el balancón (Traganum moquinii), la lengua de pájaro (Polycarpaea nivea), los corazoncillos (Lotus lancerottensis, Lotus leptophyllus, Lotus kunkelii), la tabaibilla (Euphorbia aphylla), la siempreviva rosada (Limonium tuberculatum), la brusca (Salsola kali), la aulaga (Launaea arborescens), las barrillas (Mesembryanthemum crystallinum y Mesembryanthemum  nodiflorum), la pata perro (Aizoon canariense), y algunos endemismos raros y escasos como el chaparro (Convolvulus caput-medusae) y la piña de mar (Atractylis preauxiana). La mayor parte de las especies endémicas presentes en estas comunidades se encuentran gravemente amenazadas por las extracciones de áridos y el desmesurado desarrollo urbanístico que afectan a estas zonas.
    Arenales. La naturaleza volcánica de Canarias no ha favorecido la presencia de grandes playas y marismas, que únicamente son frecuentes en las islas de Gran Canaria, Lanzarote y Fuerteventura. Casi todas estas zonas arenosas (denominadas popularmente jables) tienen origen orgánico, de lo que deriva su coloración dorado-blanquecina. Estos amplios arenales pueden ser campos dunares movidos por el viento, o superficies ya fijadas al quedar encajonadas entre montañas o entre depresiones. En estos jables aparecen las llamadas comunidades vegetales sabulícolas (adaptadas a vivir en arenas sueltas) que, dada además su cercanía al mar, suelen tener un marcado carácter halófilo. Las especies más representativas de este hábitat son el balancón (Traganum moquinii), la lechetrezna (Euphorbia paralias), la centidonia (Polygonum maritimum), la camellera (Heliotropium ramosissimum), la uva de mar (Zigophyllum fontanesii), las brusquillas (Suaeda vera, Suaeda vermiculata), el salado (Schizogyne sericea), la siemprevia rosada (Limonium papillatum), el lirio de mar (Androcymbium psammophylum), la pata camello (Neurada procumbens), etc.

    Hay que tener en cuenta que la delimitación entre los diferentes sustratos no es rígida, de modo que la vegetación predominante en uno u otro no se interrumpe de forma brusca, y que algunas especies viven en más de uno de ellos.


Cardonal-tabaibal
Características
    El cardonal-tabaibal es una formación vegetal mixta propia de las zonas bajas y costeras de Canarias, dominada fundamentalmente por la presencia de cardones y tabaibas, plantas suculentas de la familia de las euforbiáceas. Su distribución abarca las laderas y llanuras inferiores de las Islas, principalmente en las zonas más cálidas y secas, apareciendo bien definida entre los 0 y los 300-400 m en las vertientes orientadas al norte, y los 0 y 600-700 m en las vertientes del sur y suroeste, dependiendo estos límites de la mayor o menor exposición a los vientos alisios.
    El clima predominante en esta zona es cálido y seco, (con una temperatura media de unos 20º C y precipitaciones anuales medias de 100-350 mm, concentradas principalmente en otoño e invierno). El grado de insolación es muy elevado y la humedad ambiental suele ser moderada. Los suelos ocupados por el cardonal-tabaibal son variados: suelos más o menos desarrollados, terrenos pedregosos, campos de lavas (malpaíses), etc. En áreas muy cercanas al mar puede aparecer la arena como elemento predominante conformando los llamados jables; en estas áreas la vegetación está conformada por especies sabulícolas, es decir adaptadas a vivir en arenas sueltas.
    Esta comunidad vegetal se caracteriza por sus adaptaciones a la aridez, pues, dado que la precipitación anual es muy inferior a la evaporación, las especies que viven en su ámbito se ven sometidas a un constante estrés hídrico, motivo por el que han desarrollado una amplia gama de mecanismos adaptativos para aprovechar al máximo la escasa agua existente.
    Los más difundidos son:
    Suculencia. Durante el periodo de lluvias las raíces absorben toda la cantidad de agua que pueden y la almacenan en grandes células parenquimáticas situadas en los tallos, que se engrosan notablemente, convirtiéndose en auténticos depósitos de líquido, y dotando a la planta de ese aspecto suculento típico de las plantas que viven en ambientes xéricos. Este mecanismo es el utilizado por especies como los cardones, verodes, tabaibas y cardoncillos.
    Reducción foliar. Muchas especies disminuyen el tamaño de sus hojas para minimizar la pérdida de agua por transpiración. Por ejemplo, la leña buena tiene hojas lineares, las del balo son filiformes, y el cardón y la tabaibilla casi no tienen hojas. Otras especies pierden casi todo su follaje durante los meses más secos, para evitar la pérdida de agua.
Recubrimiento céreo. Algunas especies aparecen recubiertas por una fina capa de ceras blanquecinas que las protegen de la intensa radiación solar, como es el caso de los cardoncillos.
    Ampliación del sistema radicular. Las raíces son muy largas, superficiales y orientadas en todas direcciones, ocupando de este modo una gran superficie del terreno para aprovechar toda la humedad. Esta adaptación hace que estas plantas se conviertan en excelentes fijadoras del suelo, evitando los procesos erosivos.
    Crecimiento en formación abierta. Las plantas crecen bastante separadas entre sí, dejando espacios más o menos extensos del suelo al descubierto. La densidad vegetal será menor cuanto más árida sea la zona, aumentando en aquellos lugares en que el aporte de humedad, bien por lluvia directa o por la influencia húmeda del alisio, sea mayor.

    Los tabaibales potenciales, en las zonas costeras más áridas, son los caracterizados por la presencia de la tabaiba dulce (Euphorbia balsamifera ssp. balsamifera). Esta especie presenta un gran interés biogeográfico, en relación al origen de la flora costera de las islas Canarias, ya que presenta otras variedades en las costas africanas (Marruecos, Sahara, Mauritania...), así como en puntos aislados del África oriental.
Con cierta frecuencia, los tabaibales pueden hallarse mezclados con los cardonales, que se caracterizan fundamentalmente por la dominancia del cardón (Euphorbia canariensis). Los cardonales son comunidades muy diversificadas en elementos florísticos presentando, además, una fauna asociada, también variada y de gran interés, con numerosas especies endémicas. No obstante, los cardonales pueden individualmente alcanzar grandes dimensiones.
    Gran parte del hábitat original del cardonal-tabaibal ha sufrido una gran degradación antrópica, habiendo sido destruido por la construcción de complejos turísticos o instalaciones agroindustriales (plataneras, invernaderos...). Aún así, en todas las Islas se encuentran aún cardonales y tabaibales en buen estado de conservación aceptable, incluidos los islotes de Lobos y Graciosa.

Flora
   
Las especies predominantes del cardonal-tabaibal son el cardón (Euphorbia canariensis) y algunas especies de tabaibas: tabaiba dulce (Euphorbia balsamifera), tabaiba amarga (Euphorbia obtusifolia), tabaibilla (Euphorbia aphylla), cardón de Jandía (Euphorbia handiensis)... Los cardones son importantes en este tipo de vegetación, ya que sirven de refugio frente al ganado a un conjunto de especies que con frecuencia se desarrollan enredados en sus tallos, como cornicales, asaigos, esparragueras, etc.
    Junto a ellas se desarrolla un variado cortejo de endemismos, entre los que destacan el verode (Kleinia neriifolia), la leña buena (Neochamaelea pulverulenta), los cardoncillos (Ceropegia fusca y Ceropegia dichotoma), el cornical (Periploca laevigata), el asaigo (Rubia fruticosa), el balo (Ploclama pendula), la aulaga (Launaea arborescens), la vinagrera (Rumex lunaria), el tajinaste de costa (Echium brevirame), el romero marino (Campylanthus salsoloides), etc. También destacan en este hábitat numerosas especies del género Aeonium, conocidas vulgarmente con el nombre de verodes, veroles o bejeques, como es el caso de Aeonium davidbramwelli, Aeonium ciliatum, Aeonium nobile, Aeonium urbicum, Aeonium holocrysum, etc.
    Las especies del cardonal-tabaibal se combinan de modo muy variado, dando lugar a muchas asociaciones que dependen del tipo de suelo, de la influencia de la salinidad y la orientación del terreno.
    Aunque el cardonal-tabaibal no es un hábitat muy apropiado para la flora fúngica, es posible observar ocasionalmente algunos hongos, especialmente después de las lluvias. Entre ellos podemos citar Montanea arenaria, Inonotus tamaricis, Battarea stevenii, Tulustoma brumale, Lycoperdon perlatum, Astraeus hygrometricus, Vascellum pratense, etc.
    La flora liquénica tiene una buena representación, encontrándose numerosas comunidades que colonizan las lavas y rocas volcánicas, con especies como Verrucarietum maurae, Caloplaca gloria, Xanthoria resendei, Ramalina bourgeana, Rhizocarpon viridiatrum, Roccelletum canariensis, Lecanora sulphurella, etc.

Fauna
    La fauna del cardonal tabaibal es pobre en animales vertebrados, destacando únicamente algunas aves y reptiles, aunque no son exclusivas de este ecosistema. Sin embargo están muy bien representados los insectos, siendo frecuentes elementos endémicos asociados a cardones y tabaibas.
    Los reptiles más abundantes son los lagartos: el lagarto tizón (Gallotia galloti) en las Islas occidentales, el lagarto canarión (Gallotia stehlini) en Gran Canaria, y el lagarto de Haría (Gallotia atlantica) en Lanzarote y Fuerteventura. Menos frecuentes son los perenquenes (Tarentola spp.) y las lisas o eslizones (Chalcides spp.).
    Entre las aves cabe mencionar tres especies singulares: la hubara, el corredor y la tarabilla canaria. La hubara (Chlamydotis undulata fuerteventurae) vive en las extensas y áridas llanuras de Fuerteventura y Lanzarote. De modo natural aparece distribuida por zonas del norte de África y el sur de Asia; la población canaria constituye una subespecie endémica de estas islas. El corredor (Cursorius cursor) tiene una distribución y hábitat similar a la hubara. Al igual que ésta, su coloración se mimetiza perfectamente con el medio en que vive y, si se ve en peligro, se agazapa y pasa desapercibido; sus patas tienen tres únicos dedos que le permiten correr a gran velocidad. Tanto el corredor como la hubara anidan en el suelo. La tarabilla canaria (Saxicola dacotiae) es endémica de Canarias y solo se encuentra en la isla de Fuerteventura, anidando entre las rocas o en la base de los arbustos.
    Otras aves que habitan en este medio son la perdiz moruna (Alectoris barbara), el alcaraván (Burhinus oedicnemus), la ortega (Pterocles orientalis), la tórtola (Streptopelia turtur), el camachuelo trompetero o pájaro moro (Rhodopechys githaginea), la terrera marismeña o calandria (Calandrella rufescens), y el bisbita caminero (Anthus berthelotii), exclusivo de Canarias y Madeira.
El alcaudón real (Lanius excubitor koenigi) es un experimentado cazador de pequeños reptiles, roedores y pajarillos que, al carecer de fuertes garras, clavas sus presas en arbustos espinosos y los va desgarrando con el pico. El muy abundante cernícalo (Falco tinnunculus), y los muy escasos alimoche o guirre (Neophron percnopterus) y el halcón de berbería (Falco peregrinoides) figuran entre las rapaces que sobrevuelan estos parajes.
    Los insectos más notables son los que están ligados directamente a cardones y tabaibas: así, las larvas de los escarabajos longicornios (Lepromoris gibba, Stenidea albida) se desarrollan en las partes muertas de estas especies, y las orugas de la mariposa esfinge (Hyles euphorbiae) se alimenta exclusivamente de las hojas y tallos de las tabaibas.

Bosques termófilos

Características
    Los bosques termófilos constituyen un tipo especial de vegetación caracterizada por su posición intermedia entre las comunidades de matorral de las zonas costeras (cardonal-tabaibal) y los grandes bosques del piso montano (laurisilva, fayal-brezal y pinar).
   
Altitudinalmente ocupan una estrecha franja situada aproximadamente entre los 200-500 m, fundamentalmente en las vertientes orientadas al norte y este, estando casi ausentes en las vertientes del sur y suroeste. Climatológicamente se caracterizan por unas temperaturas moderadas y unas precipitaciones también moderadas (15-18º C de media anual y 350-600 mm de pluviosidad al año). La influencia de los vientos alisios y la proximidad a las zonas de formación del "mar de nubes" provoca una disminución progresiva del grado de insolación y un ligero aumento de la humedad.La secular concentración de la población humana en estas zonas, con actividades como la agricultura, el pastoreo y la tala abusiva, ha reducido en gran medida la distribución de estos bosques y las manifestaciones actuales son escasas, con contadas representaciones de lo que pudo haber sido este bosque en estado natural, como son los sabinares de las islas de El Hierro, La Gomera, La Palma y Tenerife, los lentiscales de Gran Canaria, los almacigares dispersos en Tenerife, La Palma Y Gran Canaria, los palmerales de La Gomera, Tenerife y La Palma, y restos de bosques de dragos, especialmente en La Palma. Incluso islas escasamente arboladas, como Lanzarote y Fuerteventura, conservan, además de amplias poblaciones de palmeras, pequeños testimonios de adernos, lentiscos, marmulanos, almácigos y mocanes, que confirman una mayor zona de distribución de este tipo de bosques en épocas pasadas. La excesiva degradación de estos bosques ha dado lugar a formaciones de matorrales cai monoespecíficos de granadillos (Hypericum canariense), jaras (Cistus monspeliensis), y en las islas orientales de joraos (Asteriscus sericeus) y tojios (Asteriscus intermedius).
 
Flora
    Las condiciones ambientales de los bosques termófilos favorecen la aparición de un tipo de bosque formado por unas pocas especies arbóreas que, a veces, constituyen asociaciones casi monoespecíficas dando origen a los llamados palmerales, sabinares, acebuchales, dragonales, lentiscales, etc.
    En los bosques termófilos se encuentran representadas una gran cantidad de valiosas especies, muchas de ellas endémicas de Canarias o de la región macaronésica. Algunas son además emblemáticas de Canarias, como la palmera (Phoenix canariensis), el drago (Dracaena draco) y la sabina (Juniperus turbinata, ssp. canariensis).
    La palmera canaria puede encontrarse desde la costa, sobre suelos arenosos o salinos, hasta cotas situadas por encima de los 600 m, pasando por cauces y laderas de barrancos; lo único que requiere es cierta humedad edáfica. El drago es el árbol más simbólico de Canarias, pero en la actualidad es muy escaso en estado natural, y solo quedan poblaciones significativas en algunas zonas de Tenerife y del norte de La Palma (Buracas, Las Toscas). La sabina es otra especie particular y forma bosquetes de singular belleza, siendo el más espectacular el situado en la población de Sabinosa, en la isla de El Hierro, donde la acción del viento ha dotado de tortuosas formas a estos árboles.
    Además de las citadas anteriormente, son especies características de esta vegetación otros árboles de mediano porte y bella factura, como el acebuche (Olea europaea ssp. cerassiformis), el lentisco (Pistacia lentiscus) y el almácigo (Pistacia atlantica), especies todas ellas propias de la vegetación actual de la cuenca mediterránea. En determinadas zonas aparece también el marmulán (Sideroxylon marmulano) y el peralillo (Maytenus canariensis). Algunos cauces y riachuelos tienen buenas poblaciones del sauce canario (Salix canariensis).  Junto a ellos se desarrolla una numerosa y llamativa corte de arbustos y herbáceas, como la malva de risco (Lavatera acerifolia), el orobal (Withania aristata), el espinero (Rhamnus crenulata), la yerbamora (Bosea yervamora), el jazmín silvestre (Jasminum odoratissimum), el granadillo (Hypericum canariense), el bientequiero (Senecio echinatus), el jorao (Asteriscus sericeus), etc.
    La presencia de hongos en este hábitat es muy escasa, siendo los de aparición más frecuente Pisolithus tinctorius y Calvatia lilacina.
De la flora liquénica, sin ser abundante, podemos encontrar variados ejemplos, como Xanthoria parietina, Ramalina hierrensis, Teloschistes flavicans, Heterodermia leucolema, etc.
 
Fauna
    La fauna de los bosques termófilos tiene pocos elementos exclusivos de este piso, y la mayoría de ellos frecuenta tanto las zonas áridas inferiores como los bosques del piso montano.
    Numerosas aves encuentran cobijo y alimento en los palmerales. El mirlo (Turdus merula) y el cuervo (Corvus corax) se alimentan de sus dátiles, mientras que el herrerillo (Parus caeruleus) atrapa insectos en los repliegues del tronco. El búho chico (Asio otus) utiliza frecuentemente las palmeras para anidar. Las sabinas también son fuente de alimento para el cuervo, que al comer sus frutos o gálbulos colabora a la dispersión de estos árboles, pues para que las semillas germinen adecuadamente han de pasar antes por el tracto digestivo de estos animales.
    Otras aves, como el cernícalo (Falco tinnunculus), la paloma bravía (Columba livia) y el vencejo unicolor (Apus unicolor) anidan en los escarpados riscos de los barrancos. La lavandera cascadeña o alpispa (Motacilla cinerea canariensis) está ligada a los arroyuelos y saucedas, alimentándose de insectos acuáticos.


Fayal-brezal
Características
    Cuando disminuyen las nieblas provocadas por la influencia de los vientos alisios, debido a una mayor altitud o a un cambio de la exposición norte-sur de las vertientes, las condiciones ambientales van variando progresivamente: la humedad ambiental y edáfica disminuyen, el grado de insolación aumenta, y la presencia de fuertes vientos es bastante frecuente. Estos factores determinan la desaparición progresiva de la laurisilva y el comienzo de una comunidad vegetal nueva, directamente relacionada con aquella pero con características distintivas propias. Se trata del fayal-brezal, una formación boscosa que se sitúa en las zonas de transición entre las zonas húmedas y cálidas de la laurisilva y las áreas más frías y xerófilas del pinar.
    El óptimo de la formación se localiza entre los 500-1.000 m, en laderas con exposición norte y noreste, aunque en algunas zonas puede llegar a los 1.700 m de altitud sobre el nivel del mar. En muchas ocasiones, el fayal-brezal aparece ocupando las zonas más degradadas de la laurisilva y del pinar, ya sea por causa de los incendios o, más frecuentemente, por las talas abusivas realizadas en los pasados tiempos. Normalmente se trata de un tipo de bosques muy malo de transitar, pues su estrato arbustivo es muy tupido y su sotobosque muy enmarañado.
En la actualidad, las mejores representaciones del fayal-brezal se hallan en Hermigua y Agulo, en La Gomera, Las Mercedes y Anaga, en Tenerife, la vertiente este de la Cumbre Nueva, en La Palma, y las cumbres de El Golfo, en El Hierro.
    El fayal-brezal canario es un tipo de formación vegetal que presenta grandes afinidades con otras semejantes de diferentes partes del mundo, como las que se encuentran en algunas montañas tropicales de África, determinadas áreas de Sudáfrica, regiones subtropicales de la India, China, Sumatra, Java, etc.
 
Flora
    Como el fayal-brezal se asienta en aquellos lugares demasiado secos para la laurisilva, el cortejo vegetal que lo integra se caracteriza por modificaciones morfológicas propias, especialmente el menor tamaño de sus especies arbóreas y la reducción del tamaño de las hojas en comparación con las de la laurisilva, que llega al extremo en las pequeñísimas hojas aciculares de los brezos y tejos, dos de las especies dominantes de esta comunidad.
    En el fayal-brezal, las especies son menos exigentes que en la laurisilva, y presentan una mayor amplitud ecológica, formando un tipo de bosque más abierto y con menos variedad de especies, dominando a nivel arbóreo la faya (Myrica faya), el brezo (Erica arborea) y el tejo (Erica platycodon), y con menor frecuencia por el acebiño (Ilex canariensis) y el loro (Laurus azorica). Además se encuentran manifestaciones aisladas de algunas especies propias de las áreas menos húmedas de la laurisilva, como el palo blanco (Picconia excelsa), el barbusano (Apollonias barbujana), el mocán (Visnea mocanera), el madroño (Arbutus canariensis), el sanguino (Rhamnus glandulosa), el palo blanco (Picconia excelsa), la hija (Prunus lusitanica, spp. hixa), etc.
    El sotobosque es muy pobre en especies, debido a que el crecimiento en formación cerrada del fayal-brezal deja llegar poca luz al suelo. Entre las especies herbáceas y arbustivas que se pueden encontrar en las zonas más despejadas están la zarza de monte (Rubus ulmifolius), el granadillo de monte (Hypericum grandifolium), el juagarzo (Cistus monspeliensis), la estrelladera (Gesnounia arborea), el follao (Viburnum rigidum), la estornudera (Andryala webbi), la encimba (Senecio papyraceus), la violeta de monte (Viola riviniana), etc. Así mismo es frecuente la presencia de dos helechos: Petridium aquilinum y Aspleniun onopteris.


Laurisilva
Características
   
En las laderas orientadas al norte el bosque termófilo da paso a la laurisilva, tipo de bosque subtropical caracterizado climatológicamente por una elevada humedad y una temperatura moderada y muy estable. La laurisilva es una formación boscosa predominantemente arbórea, siempreverde, cuya gran masa de hojas coriáceas y brillantes favorece la condensación de la humedad contenida en las nieblas que casi constantemente baten la zona, produciéndose una lenta, fina y casi constante lluvia local al pie de cada árbol conocida con el nombre de "lluvia horizontal". Durante la era Terciaria (hace unos 20 millones de años), este tipo de bosque estuvo muy extendido por toda la cuenca mediterránea, norte de África y sur de Europa, como lo atestiguan los numerosos fósiles vegetales encontrados en estas zonas. Pero los cambios climáticos ocurridos desde entonces, glaciaciones y periodos áridos que originaron la barrera de desiertos del norte de África, propiciaron la desaparición de esta vegetación en los continentes, refugiándose en los archipiélagos macaronésicos (Azores, Madeira y Canarias), ya que la influencia oceánica actúa como un termostato que regula las condiciones ambientales, de modo que las actuales formaciones de laurisilva canaria no son más que relictos de aquellos antiquísimos bosques mediterráneos. En os archipiélagos de Madeira y Azores, una climatología más favorable permite que ocupen una superficie potencial mayor y que se encuentren en cotas más bajas, inclusive a casi el nivel del mar, presentando además una composición florística diferente a la de Canarias.
    Durante el invierno, las Islas Canarias reciben vientos del noroeste, generalmente portadores de lluvia, pero en verano los alisios procedentes del noreste son los vientos dominantes. Los alisios no originan precipitaciones, pero al ascender por las laderas el aire húmedo se condensa y se forma una gran masa nubosa denominada "mar de nubes", que afecta a altitudes comprendidas entre 400 y 1.200 metros. La insolación se ve así muy disminuida, suavizándose las temperaturas, y la humedad es atrapada por la densa vegetación, que actúa como una especie de bosque esponja, lo que supone un aporte de agua que llega a triplicar la precipitación anual y que es vital para la existencia de la laurisilva.
    Este fenómeno, con su aporte extra de humedad, no sucede en las islas de Lanzarote y Fuerteventura, ya que su baja altitud impide la acción de los alisios, por lo que no cuentan con manifestación alguna de laurisilva.
    Así pues, la combinación de clima y relieve determina la distribución de la laurisilva en Canarias, que se corresponde con las zonas orientadas al norte, entre 400-1.200 m de altitud, con temperaturas suaves todo el año (media 12-14º C) y precipitaciones anuales entre 800 y 1.400 mm. La estación seca queda amortiguada en gran medida por la presencia del mencionado mar de nubes.
    Los suelos, debido a su antigüedad y a los efectos del clima y la vegetación, tienen en general un considerable desarrollo, con una gran profundidad y un horizonte superior orgánico bien definido. Las condiciones ambientales de elevada humedad y temperaturas templadas provocan una rápida humificación y mineralización de la materia orgánica (hojas que caen y otros restos vegetales), liberándose abundantes elementos nutritivos que son rápidamente absorbidos por las raíces.
    La laurisilva tiene una gran importancia en el ciclo hídrico de las Islas; su capacidad para atrapar y retener la humedad supone un aporte continuo de agua tanto a las vaguadas y fondos de barrancos como a los acuíferos del subsuelo. Igualmente, cumple la función de evitar la erosión del suelo, especialmente en las laderas más pendientes, al actuar las raíces como una especie de malla que retiene el sustrato.
    Originariamente, la laurisilva ocupó una gran extensión de bosque en las Canarias centrales y occidentales, pero una explotación intensiva de sus recursos desde los primeros tiempos de la Conquista de las Islas (madera, carbón, etc.), que continuó casi sin interrupción hasta hace unas pocas décadas, ha esquilmado casi totalmente las formaciones puras de este bosque. De su distribución original puede decirse que no queda casi nada en Gran Canaria, apenas un 10% en Tenerife, está relegada a algunos barrancos y zonas muy concretas del norte de La Palma, encontrándose en La Gomera el bosque de laurisilva mejor conservado de todo el mundo, dentro del área actualmente definida por el Parque Nacional de Garajonay.
 
Flora
    El bosque de laurisilva constituye el ecosistema más complejo de cuantos se dan en el archipiélago canario. En su estado más puro está formado por unas dieciocho especies de diferentes árboles de gran tamaño, siempreverdes, umbrófilos y termófilos, bajo los que se desarrollan una gran cantidad de helechos, musgos, hongos y otras plantas propias de ambientes sombríos. En muchas ocasiones el estrato arbóreo adquiere una formación de copas unidas, formando un dosel que apenas deja paso a la luz solar. Conforme van variando las condiciones ambientales que requiere este hábitat, el bosque se va abriendo y deja pasar más luz a su interior, con lo que el sotobosque se enriquece y diversifica notablemente.
    Las especies arbóreas más representativas de la laurisilva pertenecen a la familia de las lauráceas, como el loro (Laurus azorica), el tilo (Ocotea foetens), el viñátigo (Persea indica) y el barbusano (Apollonias barbujana). Además son frecuentes otras especies de gran porte, como el acebiño (Ilex canariensis), el naranjero salvaje (Ilex perado, spp. platyphylla), el aderno (Heberdenia bahamensis), el delfino (Pleiomeris canariensis), el mocán (Visnea mocanera), la hija (Prunus lusitanica), el sanguino (Rhamnus glandulosa), el palo blanco (Picconia excelsa), el madroño (Arbutus canariensis), el brezo (Erica arborea) y la faya (Myrica faya).
    Pese a su diversidad, estas especies presentan analogías morfológicas muy acusadas que responden a la adaptación al mismo medio. La hoja es perenne, ya que en ese clima relativamente uniforme y favorable no tiene sentido perderlas durante una época determinada. La superficie foliar es de tipo lauráceo, coriácea y lustrosa, de forma que el agua escurre por ella fácilmente, evitándose el exceso de humedad; finalmente cae al suelo por el ápice agudo, que actúa como goteador. Estos mecanismos ponen de manifiesto que la laurisilva, a pesar de la latitud en que se encuentra, tiene cierta afinidad con las selvas húmedas tropicales.
    Las especies del estrato arbóreo de la laurisilva se distribuyen según sus exigencias ambientales. Las zonas con más humedad ambiental y edáfica, como los fondos de los barrancos y las vaguadas umbrías, están ocupadas por el tilo y el viñátigo, dominando este último conforme se asciende en altitud.
    En las laderas predomina el loro, acompañado por el naranjero salvaje, el acebiño, la hija y el sanguino. El acebiño, debido a su mayor amplitud ecológica, es frecuente también en lugares más abiertos, conviviendo con el brezo y la faya.
    En zonas donde aumenta el grado de insolación empiezan a tomar importancia especies más termófilas, como el barbusano, el palo blanco, el aderno y el delfino. El palo blanco es frecuente en lugares con afloramientos rocosos, donde convive con madroños y mocanes.
    En el tronco y las ramas de los árboles, principalmente en el interior húmedo y umbrío, son frecuentes las plantas epífitas, que viven sobre el árbol utilizándolo solo como soporte, sin ser de ningún modo parásitas, como es el caso de la estrella dorada (Aichryson laxum), el helecho de Navidad (Polypodium macaronesicum), etc.
    En los espacios más abiertos y soleados, así como en los márgenes de caminos y pistas forestales se desarrolla una abundante flora de subarbustos y herbáceas, como la cresta de gallo (Isoplexis canariensis), el bicácaro (Canarina canariensis), el follao (Viburnum rigidum), la estrelladera (Gesnouinia arborea), el algaritofe (Cedronella canariensis), la corregüela de monte (Convolvulus canariensis), el mato blanco (Senecio appendiculatus), la reina de monte (Ixanthus viscosus), la chahorra de monte (Sideritis macrostachya), la morgallana (Ranunculus cortusifolius), la pata de gallo (Geranium canariense), el poleo de monte (Bystropogon canariensis), la hiedra (Hedera helix, spp. canariensis), la gibalbera (Semele androgyna), la zarzaparrilla (Smilax canariensis), etc.  El género Euphorbia, típico de las zonas xerófilas y semixerófilas, cuenta con una singular representación en la laurisilva: la adelfa de monte (Euphorbia mellifera), una auténtica rareza en serio peligro de extinción.
    Entre los helechos destacan especies de gran tamaño como la píjara (Woodwardia radicans), el helecho colchonero (Culcita macrocarpa), el helecho peludo (Polystichum setiferum), y los helechos de monte (Athyrium umbrosum, Dryopteris oligodonta y Diplazium caudatum), etc.
    Los musgos y líquenes, con infinidad de especies, cubren toda la superficie de troncos y rocas en los lugares más húmedos, y sólo las caras orientadas a los vientos y nieblas en los más secos. Entre ellos podemos encontrar especies como Parmelia parlata, Usnea articulata, Bryoria fuscencens, Frullaria teneriffae, Porella canariensis, Neckera intermedia, Leucodon canariensis, etc.
    Una gran cantidad de hongos crecen en la laurisilva canaria, especialmente en los meses de otoño e invierno. La mayor parte de ellos se desarrollan en el suelo del bosque, pero otros muchos lo hacen directamente sobre los troncos de los árboles. Algunos de los que se pueden encontrar e identificar fácilmente son: Fistulina hepatica, Hygrocybe conica, Mycena galericulata, Ganoderma applanatum, Daldinia concentrica, Auricularia auricula-judae, Lepista nuda, Tricholomopsis rutilans, Phellodon niger, Astraeus hygrometricus, y el extraño Laurobaxidium lauri, que con su forma de cornamenta de ciervo crece exclusivamente sobre los grises troncos de los loros.

Fauna
    Los grupos animales mejor representados en estos bosques son las aves, entre los vertebrados, y los insectos y moluscos, entre los invertebrados.
    En los árboles y arbustos del bosque nidifican aves como el mirlo (Turdus merula), el pinzón (Fringilla coelebs), el petirrojo (Erithacus rubecula), el reyezuelo (Regulus regulus) y el mosquitero (Phylloscopus collybita). La chocha perdiz (Scolopax rusticola) construye su nido excavando pequeñas cavidades en el suelo. Los predadores más frecuentes son el gavilán (Accipiter nisus) y el búho chico (Asio otus).
    Pero las aves más emblemáticas de la laurisilva son dos raras y bellísimas palomas: la paloma rabiche (Columba junoniae) y la paloma turqué (Columba bollii), ambas endémicas de las Canarias. Sus hábitos alimenticios son similares, consistiendo su dieta principalmente en drupas y bayas de los árboles; la puesta de los dos consiste en un único huevo.
    La mayor parte de las aves de la laurisilva contribuyen notablemente a la expansión del bosque, al alimentarse de los frutos de los árboles: las semillas son indigeribles y salen con las heces del ave, posiblemente en algún lugar donde la competencia por la luz, el agua y los nutrientes sea menor que al pie de la planta madre. Este método de dispersión de las semillas se llama ornitocoria.
    En los restos de la hojarasca del suelo son abundantes los escarabajos, especialmente los carábidos, con numerosas especies endémicas, y moluscos como Craspedopoma costata y Insulvitrina oromii. La mariposa cleopatra (Gonepterix cleoule), endémica de Canarias, está muy ligada a la laurisilva, alimentándose sus larvas de los brotes y hojas del sanguino.

Pinar
Características
    Por encima de las zonas de laurisilva o fayal-brezal en las vertientes del norte (1.200-1.300 m), y del límite superior del cardonal-tabaibal en el sur-suroeste (700-800 m), el aire se hace más seco, la insolación aumenta y las temperaturas diurnas y estacionales son menos uniformes, pudiendo producirse algunas heladas y nevadas durante el invierno, acentuándose además los contrastes térmicos entre el día y la noche. Estas son las condiciones climáticas en las que se desarrollan los bosques de pino canario, ocupando una franja que llega hasta unos 2.000 m de altitud. Esta distribución altitudinal del pino canario condiciona su presencia en el Archipiélago: los bosques más extensos se localizan en Tenerife, La Palma, El Hierro y Gran Canaria; La Gomera sólo tiene grupos dispersos, y Lanzarote y Fuerteventura, con altitudes que apenas sobrepasan los 800 m, no cuentan con representación alguna del pinar.
    Por otro lado, el régimen de vientos es diferente, siendo su dirección predominante la del noroeste y de carácter seco, lo cual se traduce en una selección importante de la flora, que cambia profundamente respecto a otros ecosistemas: se presentan formas adaptadas al frío y la nieve, aumento de plantas pelosas y con hojas reducidas, etc.
    El pino canario puede vivir en zonas donde llueve poco y no necesita suelos muy profundos para comenzar a desarrollarse; es bastante indiferente a la naturaleza del sustrato, apareciendo generalmente sobre suelos volcánicos más o menos desarrollados. La humificación y mineralización de las acículas que caen es lenta y por tanto los suelos son pobres en materia orgánica y nutrientes. Florísticamente, el pinar es un bosque pobre en especies, aunque podría afirmarse que esto se debe a una continua manipulación humana: pastoreo desde los aborígenes, intenso aprovechamiento de la madera del pino desde la época de la Conquista, que deja completamente desforestadas grandes superficies de Gran Canaria y Tenerife; incendios, etc. Esto se traduce en una gran selección de la flora, que se manifiesta en dos hechos principales: por un lado, la mayoría de las plantas quedan en situación de refugio frente al ganado y al fuego, en zonas abruptas y, por otro, las plantas que siguen viviendo en el pinar son resistentes, por diversas causas, al fuego, o no son apetecidas, en otros casos, por el ganado.
    En las zonas de contacto con el ecosistema inferior se forma ocasionalmente un tipo de bosque denominado pinar mixto, en el que se entremezclan pinos con elementos arbustivos propios del fayal-brezal: fayas, brezos, acebiños…
    La superficie que ocupaban los pinares ha disminuido mucho, pues desde los primeros tiempos de la Conquista de las Islas han sido aprovechados intensamente para obtener una gran cantidad de productos: madera, pez, resinas, pinocha, etc.

Flora
    El pinar canario es un bosque denso dominado totalmente por el pino canario (Pinus canariensis), especie recia y de gran porte que puede superar los 50 m de altura, con abundante ramificación y largas hojas aciculares agrupadas de tres en tres en apretados fascículos. Su forma de aguja minimiza el efecto de pérdida de agua en los periodos secos y les protege frente a las heladas en invierno, siendo capaces de soportar temperaturas muy bajas durante largo tiempo. Dispone de un sistema radicular muy potente y activo, colonizando y creando suelos en terrenos tan difíciles como los volcánicos.
    Como muchas coníferas es una especie pirófita, favoreciéndole el fuego frente a otras especies por la gran capacidad germinativa de sus semillas tras un incendio. Pero, además, el pino canario tiene la particularidad propia de brotar de cepa, lo que le permite reconstruir la parte aérea destruida después de ser quemada. A la gran resistencia al fuego que caracteriza al pino canario contribuye mucho su gruesa corteza acorchada, que actúa como una especie de funda protectora del duramen.
    En buenas condiciones, la copa se desarrolla ampliamente y el pinar presenta una cobertura que deja entrar poca luz al interior. Esto, junto con la pobreza en nutrientes del suelo, provoca la existencia de un sotobosque muy pobre. Si no se consideran las zonas de contacto con otros hábitats, en las que elementos propios de éstos se introducen en el pinar, solo contadas especies proliferan en este medio hostil.
    Una de ellas es la jara o amagante (Cistus symphytifolius), que coloniza bien los suelos tras los incendios y es muy común en los pinares algo abiertos. También son frecuentes diversas especies de tomillo (Miromeria spp.) y de coranzoncillo (Lotus spp.), el tajinaste azul de La Palma (Echium webbi), las chahorras (Sideritis dasygnaphalla y Sideritis oroteneriffae), los rosalitos silvestres (Pterochepalus dumetorum y Pterocephalus porphyranthus), la palomera (Pericallis lanata), etc. En las zonas más soleadas está presente el escobón (Chamacytisus proliferus) y el codeso (Adenocarpus foliolosus). El manto herbáceo es igualmente muy pobre, aunque de vez en cuando se encuentra alguna flor tan bella como la orquídea del pinar (Orchis patens, ssp. canariensis).
    La presencia de hongos saprófitos y micorrizógenos es uno de los elementos más importantes del pinar, pues juegan un papel fundamental en la descomposición de la pinocha. Es muy grande y variada la cantidad de hongos de todo tipo que se pueden encontrar en los pinares canarios, especialmente entre los meses de octubre y febrero, entre los que podemos citar especies como Telephora terrestris, Coltricia perennis, Clavulina rugosa, Hydnellum ferrugineum, Suillus bellinii, Boletus edulis, Boletus reticulatus, Cantharellus cibarius, Russula delica, Russula albonigra, Russula acrifolia, Russula cessans, Collybia dryophilla, Collybia butyracea, Cystoderma terrei, Helvella lacunosa, Rhizopogon obtextus, Tricholoma terreum, Amanita muscaria, Amanita gemmata, etc.
    También en el dominio de los pinares se pueden encontrar algunos líquenes, como Pseudevernia furfuracea, Parmelia saxatilis, Platismatia glauca, Evernia prunastri, Lethariella canariensis, Ramalinetum subgeniculatae, etc. Y en las zonas más húmedas aparecen algunos briofitos como Hypnum uncinulatum, Dicranowesia cirrrata, Frullania teneriffae, Grimmia trichopylla, Pterogonium gracile, etc.
 
Fauna
    La fauna del pinar es poco diversa, con predominio de pequeños invertebrados. Estos son escasos en el suelo y abundantes en los pinos, donde encuentran mayor diversidad de hábitats.
    Las aves constituyen el grupo más llamativo de la fauna del pinar. Entre ellas destaca el pinzón azul (Fringilla teydea), endémico de Canarias, con poblaciones que viven en los pinares de Tenerife (ssp. teydea) y de Gran Canaria (ssp. polatzeki). Se alimenta principalmente de insectos y semillas de pino, y construye el nido a gran altura en estos árboles.
El herrerillo (Parus caeruleus) y el pico picapinos (Dendrocops major) son otras dos aves muy ligadas al pinar, mientras que el ratonero (Buteo buteo), el canario (Serinus canarius), el pinzón vulgar (Fringilla coelebs) y la graja (Phyrrhocorax phyrrhocorax) son frecuentes en estos bosques pero viven también en otros ecosistemas. El caso de la graja es muy peculiar, pues únicamente se encuentra en la isla de La Palma.
    Los mamíferos están representados por el murciélago orejudo (Plecotus teneriffae) y el murciélago de bosque (Barbastella barbastellus).
Entre los invertebrados destacan algunas especies que solo habitan aquí, como un escarabajo cuyas larvas se desarrollan en la madera de los pinos muertos (Buprestis barthelotii), una bella mariposa nocturna (Macaronesica fortunata), o la araña del pinar (Olios canariensis).

 

 

Retamar-codesar

Características
    A partir de los 2.000 m de altitud las condiciones climáticas se endurecen considerablemente, y el pinar es sustituido por un matorral arbustivo adaptado a estas alturas.
    La influencia de las borrascas no suele alcanzar estas elevadas cotas, por lo que la precipitación anual es baja (entre 350 y 450 mm) y se produce casi en su totalidad en otoño e invierno. Como la fuerte insolación provoca una evaporación que supera los 2.000 mm anuales, el aire es muy seco, variando los valores de la humedad ambiental entre el 30 y el 50%. La oscilación térmica es otro factor importante, con frecuentes temperaturas por debajo de 0º C. Durante el invierno, la nieve y las frecuentes heladas también condicionan la vida en este hábitat.
    Solo las islas de Tenerife y La Palma superan los 2.000 m de altitud. Las Cañadas  del Teide, en Tenerife, y La Caldera de Taburiente, en La Palma, son dos parques nacionales donde el este ecosistema de altas cumbres tiene sus mejores manifestaciones, especialmente en las Cañadas del Teide, debido a su mayor altitud y diversidad ambiental.
    En estos parajes montañosos aparece una comunidad vegetal arbustiva y abierta, dominada por dos leguminosas: la retama (Spartocytisus supranubius) y el codeso (Adenocarpus viscosus). El predominio de estas especies ha dado lugar al nombre con el que se conoce este matorral: el retamar-codesar. Como acompañantes de esta formación aparecen una serie de plantas arbustivas y herbáceas, líquenes saxícolas (que viven sobre las rocas) y musgos, que se distribuyen por el terreno según sus diferentes exigencias ecológicas.
    Las especies del retamar-codesar tienen en común que todas han tenido que adaptarse a las duras condiciones ambientales que imperan en estas altitudes. Para ello han desarrollado una serie de mecanismos, algunos generales en la formación y otros particulares de cada especie, que les permiten sobrevivir en este medio, por ejemplo:

Predominio del porte arbustivo. El tamaño de las plantas tiende a reducirse, ya que ante la escasez de agua y nutrientes el porte arbustivo tiene claras ventajas sobre el arbóreo. Las condiciones climáticas que se van sucediendo a lo largo del año (frío, hielo, sequedad ambiental y edáfica) impiden un desarrollo vegetativo adecuado para los árboles y no hay tiempo suficiente para el crecimiento y la acumulación de reservas. Las acículas del pino, por ejemplo, no maduran y su cutícula no alcanza el grosor y dureza necesarios. Cuando la insolación aumenta, las hojas pierden agua en exceso por transpiración y se secan; tampoco pueden resistir las heladas del invierno. Por eso el pinar tiene un límite altitudinal a partir del cual los pequeños arbustos, mucho más frugales, son los que denominan el terreno. Al ser menores sus necesidades de agua y elementos nutritivos, consiguen llevar a cabo su ciclo anual de crecimiento y reproducción, y además acumular reservas suficientes para el período de reposo vegetativo.

Ampliación del sistema radicular. Las raíces están muy desarrolladas y contrastan con el pequeño tamaño de la parte aérea. Esta característica, junto a la disposición abierta del matorral, está acorde con la escasez hídrica existente, y asemeja la estructura de esta formación vegetal con la del cardonal-tabaibal, en la que también la disponibilidad de agua es muy baja.

Porte almohadillado. Son frecuentes las especies que adquieren un porte muy bajo, denso, y almohadillado o achaparrado. De esta forma hacen frente al viento y a la intensa insolación, y evitan la rápida evaporación del agua del suelo, creando un microclima más húmedo en el interior. La nieve invernal también supone una protección para ellas al cubrirlas y actuar como un aislante térmico, manteniendo una temperatura superior a la del exterior.

Adaptaciones foliares. En muchas especies aparecen adaptaciones destinadas a disminuir pérdidas de agua por transpiración (hojas pequeñas, reducción del número de estomas, pilosidad en los órganos aéreos).


Flora

     La retama (Spartocytisus supranubius) y el codeso (Adenocarpus viscosus) predominan claramente en este ecosistema. La retama, que puede llegar a los 2.700 m, es más abundante que el codeso, sobre todo conforme se sube en altitud. Estas dos especies, como todas las leguminosas, aportan nitrógeno al suelo gracias a la simbiosis con una bacteria (Rhizobium) que se encuentra en sus nódulos radiculares y que es capaz de fijar el nitrógeno atmosférico.
    El retamar-codesar se ve enriquecido por un cortejo florístico que es más rico y variado en Tenerife que en La Palma. Hay especies ampliamente distribuidas, como la hierba pajonera (Descurainia bourgeauna), el alhelí del Teide (Erysimum scoparium), la hierba de cumbre (Scrophularia glabrata), la hierba conejera (Pterocephalus lasiospermus), la margarita del Teide (Argyranthemum teneriffae) y el cabezón del Teide (Cheirolophus teydis), todos ellos pequeños arbustos. También proliferan hierbas perennes como la hierba gatera (Nepeta teydea) y la flor del malpaís (Tolpis webii). El tajinaste rojo (Echium wildpretii), símbolo de la flora de la montaña canaria, es frecuente en las Cañadas del Teide y raro en la Caldera de Taburiente, donde sobreviven algunos ejemplares de la subespecie trichosiphon; más escaso es el tajinaste picante (Echium auberianum), cuyas exiguas poblaciones se encuentran exclusivamente en los campos de pumitas de Las Cañadas del Teide.
    En Las Cañadas, las paredes de la caldera forman los terrenos más antiguos y alterados del conjunto, con una gran riqueza en flora. Destacan el escaso cedro canario (Juniperus cedrus) y la muy rara bencomia de Las Cañadas (Bencomia exstipulata), presentes también en La Palma, la malpica (Carlina xeranthemoides) y la jara de las Cañadas (Cistus obsbaeckieafolius). Entre las fisuras y las oquedades de los escarpes crecen plantas rupícolas como el pastel de risco (Aeonium smithii), la hierba pastelera (Monanthes niphophila), el perejil blanco (Pimpinella cumbrae), el tomillo lanudo (Micromeria lasiophylla) y el turgayte (Senecio palmensis), los tres últimos también en las cumbres de La Palma. Pero sólo una pequeña planta es capaz de llegar hasta la misma cima del Teide: la violeta del Teide (Viola cheiranthefolia), que bate el récord de altitud de la flora fanerógama española. Los riscos de la Caldera de Taburiente también cuentan con otra violeta endémica, el pensamiento de la cumbre (Viola palmensis).
    En las cumbres de La Palma hay valiosas poblaciones del amenazado retamón de las cumbres (Genista benehaovensis). El cardo de plata (Stemmacantha cynaroides) y la jarilla de Las Cañadas (Helianthemum juliae) son dos especies en peligro de extinción de la alta montaña tinerfeña.
    La flora liquénica presenta una serie de especies típicas de la alta montaña canaria, afines con las propias de otras zonas montañosas del mundo, como Xanhtoria elegans, Lassalia pustulata, Lecida atrobrunnea, Acarospora oxytorra, Parmelia delisei, etc.
 
Fauna La fauna representativa de las altas cumbres es muy escasa y sólo algunos invertebrados se consideran específicos de estas regiones. El escarabajo longicornio (Hesperophanes roridus) y la mariposa (Cyclirius webbianus) están asociados al retamar-codesar. El arácnido Bunochelis spinifera vive cerca de las fumarolas del Teide.
    Entre los vertebrados, el lagarto tizón (Gallotia galloti) es muy abundante. Durante el verano, algunas aves de hábitats inferiores como el pinzón azul, el herrerillo, el bisbita caminero y la perdiz moruna frecuentan estos lugares.
Los murciélagos y la musaraña canaria figuran como los únicos mamíferos terrestres nativos de Canarias. Todos los demás, incluido el erizo moruno (Atelerix algirus), se consideran introducidos por el hombre. Respecto a los murciélagos, especies como el nóctulo pequeño (Nyctalus leisleri), el murciélago montañero (Pipistrellus savii), el murciélago de Madeira (Pipistrellus maderensis) y el murciélago rabudo (Tadarida teniotis) se pueden ver en la alta montaña canaria.


Vegetación rupícola

     El paisaje canario posee una orografía muy diversa, en la que juega un papel destacado el componente vertical, con la presencia de numerosos cantiles, acantilados, escarpes y paredones de fuerte pendiente, con la superficie muy fracturada y agrietada, en los que se asienta un tipo especial de vegetación denominada rupícola o fisurícola. La abundancia de cuencas erosivas en todas las vertientes y a diferentes altitudes, así como la diversidad microclimática de nuestro archipiélago, permite una diversidad florística muy alta de este tipo de vegetación, a pesar de la dificultad de colonización que presentan los espacios con tendencia a la verticalidad. Además, en estos ambientes suelen desarrollarse plantas que, sin ser propias del mismo, encontraron en otras épocas un buen refugio frente a la presión ejercida por él ganado.Los condicionantes ecológicos, especialmente los factores de humedad y temperatura, favorecen que las comunidades rupícolas adquieran una mayor presencia en las zonas orientadas al norte y noreste. Muchas especies se hallan relegadas a pequeñas áreas, mientras que otras se distribuyen por extensas superficies de todas las Islas.
    De las muchas comunidades rupícolas existentes en todo el Archipiélago, destacan por su abundancia y amplia distribución, las crasuláceas de las familias Aeonium, Monanthes, Greenovia y Aichryson, seguidas de numerosos endemismos de los géneros Sonchus, Silene, Sideritis y Micromeria.
    Entre las numerosas especies que se podrían citar como especialmente adaptadas a los hábitats rupícolas de Canarias están los bejeques o verodes (Aeonium canariense, Aeonium sedifolium, Aeonium decorum, Aeonium ciliatum, Aeonium valverdense, Aeonium nobile, Aeonium tabulaeforme, Aeonium cuneatum, Aeonium lindleyi, Aeonium haworthii...), las pelotillas (Monanthes laxiflora, Monanthes pallens, Monanthes polyphylla, Monanthes minima, Monanthes anagensis), las beas (Greenovia aurea, Greenovia diplocycla, Greenovia dodrentalis...), las estrellas doradas (Aichryson laxum, Aichyson tortuosum, Aichryson parlatorei, Aichryson punctatum...), las cerrajas (Sonchus hierrensis, Sonchus radicatus, Sonchus tectifolius, Sonchus brachylobus...), las conejeras (Silene canariensis, Silene lagunensis...), las sideritas (Sideritis nutans, Sideritis gomerae...), el romero marino (Camphylanthus salsoloides), las lechuguillas (Reichardia ligulata, Reichardia famarae...), la amargosa (Vieraea laevigata), la malva de risco (Lavatera acerifolia), la salvia de Anaga (Salvia broussonetii), el cardo de risco (Carlina canariensis), las siemprevivas (Limonium preauxii, Limonium puberulum, Limonium perezii...), la palomera (Pericallis lanata), la mamita (Allagopappus dichotomus), el tomillo salvaje (Micromeria helianthemifolia), los cardoncillos (Ceropegia dichotoma, Ceropegia fusca), las coles de risco (Crambe laevigata, Crambe arborea..), y un larguísimo etc.
    Entre los helechos rupícolas, se puede destacar la presencia casi constante del helecho de Navidad (Polypodium macaronesicum), y la cochinita (Davallia canariensis).
    Entre los líquenes que recubren numerosas paredes y columnas basálticas destaca la presencia de varias especies del género Rocella, especialmente Rocella canariensis y Rocella fuciformes: las famosas orchillas, de las que se extrae un colorante que tiñe de color púrpura, y cuya recolección y exportación a Europa fue una importante fuente de riqueza para las Islas durante varios siglos, desde los primeros viajes a Canarias en tiempos de los fenicios y griegos (que bautizaron a las islas de Lanzarote y Fuerteventura como las Purpurarias, por la gran cantidad de estos líquenes que obtenían en ellas), hasta el s. XIX, cuando el descubrimiento de los colorantes sintéticos acabó para siempre con esta industria.